viernes, 20 de mayo de 2011

Día ciento veintidos: Bailando en Obradoiro (o la Democracia Real)

A los y las estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, quienes hace un año también exigían democracia y justicia.

Mientras en Puerto Rico se pasaban las últimas horas del día antes del Rapto, en Santiago de Compostela dos mil personas hacíamos un conteo hasta las 12 de la medianoche, hora en que la acampada se volvería oficialmente ilegal. Recibimos la llegada del fin de la legalidad cantando Nino Bravo abrazados los unos a los otros y gritándole al cielo, ese del cual bajarían los ángeles justicieros, que queríamos saber al fin lo que es la libertad. Del Nino pasamos a Serrat, del Serrat al Silvio y finalizó la hora de tensión con casi dos mil personas cantando Pedro Navaja, flamenco version.

El aire tenso se fue disipando, ya era más evidente nuestra sospecha: no habrá desalojo. La Praza do Obradoiro se llenó de repente de matress, sleeping bags y cartones, y todo el mundo dejó sus cosas tiradas para bailar. Llegaron los gaiteiros, las panderetas, los tambores y los acordeones. Bailamos todos juntos. De ser una manifestación, se convirtió en una fiesta de pueblo. Un deambulante tomó el micrófono y comenzó a cantar Sólo le pido a Dios, la gente se abrazó a él y lo seguían en su muy improvisada letra.

 Bailamos todos, bailamos todo. No nos conocíamos y bailábamos juntos. Se me acercaban y me preguntaban si yo era la puertorriqueña. Me abrazaban. Los abrazaba. No habíamos logrado nada, pero estábamos convencidos de una cosa: esta noche, éramos más. Éramos más fuertes. Llegaban noticias de Madrid, de Canarias, de Donosti, de Oviedo... No estábamos con ellos pero estábamos en lo mismo. Y la única y mejor forma en que podíamos expresar nuestra euforia y nuestra alegría, fue bailando.

Quizás, y comparto la crítica, este movimiento esté muy apolitizado. Quizás, aunque espero no sea así, después del domingo no pase nada. Pero quizás, y probablemente esta es la euforia y el cansancio hablando, todo esto ya ha valido la pena aunque sea porque por una noche fuimos más humanos, más hermanos... y nos temieron por ello.

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